Alfredo, el guardián del nido de los Dragones del Norte

Alfredo aprendió el oficio del fuego y forjó su primera bici a los 14 años cuando trabajaba en un taller de soldadura en Gómez Palacio, Durango, por la mañana, y por la tarde volvía a cruzar el lecho seco del río Nazas para regresar a su natal Torreón y estudiar la secundaria. Al principio utilizaba cuatro camiones: dos de ida y dos de retache. Hasta que un día la chispa del espíritu adolescente le regresó la vida a unos fierros viejos que todavía conservaban el alma de bicicleta. Se trepó sobre su creación de dos ruedas. Y llegó más rápido que las enormes latas verdiblancas que antes abordaba. 

“Muchos amigos me miraron cómo la armé y me preguntaron cómo le hice. Empezamos a comprar cuadros, íbamos a las compras a buscar cuadros viejitos y los empezamos a arreglar y teníamos bastantes bicicletas”, recuerda.

Han pasado casi cuatro décadas desde que aquel joven rodaba por la orilla del río sin agua, por el perímetro que divide las dos ciudades más grandes de la Comarca Lagunera. Alfredo Villalpando tiene 52 años, vive en Saltillo con su esposa María de los Ángeles y es el guardián del nido de los Dragones del Norte, el equipo de béisbol Saraperos, cuya casa es el Estadio Francisco I. Madero, a donde arriba en bicicleta a la que le quitó los frenos para, paradójicamente, obligarse a ser más cuidadoso.

Antes de ser guardia de seguridad del parque Madero, hace siete años, Alfredo llegó a Saltillo por amor, trabajo y clima. Su esposa no hallaba jale en Torreón: menos oportunidades para mujeres de su edad y salarios bajos. Entonces ella, por recomendación de una amiga, migró a la capital de Coahuila y al poco tiempo chambeó y le dijo a su pareja que se diera una vuelta. “Llegué en junio, julio, y me gustó mucho el clima. Estaba más fresco”, dice Alfredo una noche con un vientecito que invita a salir y disfrutar la primavera saltillense.

Alfredo trabajó de guardia en otros lugares, después se metió de pintor automotriz, luego de cocinero y finalmente quedó de guardia en el Estadio Madero. Su corazón lagunero es santista, pero tras cuatro años en la Nave Verde, un pedacito del alma se puso el jersey de los Saraperos. Y en ese tiempo no ha tenido incidentes graves. No ha necesitado utilizar su amanzalocos, como le dice a la macana.

“Yo estoy muy a gusto aquí pero cada rato la mente viaja a Torreón”, reflexiona. Y recuerda aquellos años de juventud y madurez en la Comarca, cuando él y otros ciclistas, la raza trabajadora sobre ruedas, partían por las mañanas como parvadas urbanas rumbo al jale. Y entonces es como si ese terruño calentísimo y polvoriento le iluminara la cara desde la distancia: Alfredo sonríe y saluda, lagunerísimo, a todos los que cruzan el portón de la guarida de los Dragones.

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