Cinco adolescentes se liberan de sus problemas saliendo en bicicleta

En la calle, la amistad ocurre. Y la rebeldía del espíritu adolescente encuentra su libertad. Porque la vagancia es salud, como dice el artista Gibrán Turón. Aunque el escenario es hostil, los jóvenes conquistan una ciudad hecha pedazos bajo el calorón del verano. “Nos ven como vagos, pero es un estilo de vida”, responde Yael, estudiante, trabajador y ciclista de 15 años. Él, Yahir, Jesús Alberto, Miguel Jared y Roberto pedalean por la lateral del periférico Luis Echeverría Álvarez y sus problemas se pierden en alguna fisura del pavimento, mientras el sudor brota al igual que las risas y la certeza de que pueden llegar en bici a cualquier lado.

“Desde chiquito ando en bici, tenía como 6 años, nomás que no salía tanto porque no tenía con quién juntarme, pero ya después empecé a juntarme con mis amigos. Nos empezamos a mover así cuando fue eso de la rodada, el BMX, planeamos ir a una plaza, ahí decimos otra ubicación, quien quiere ir, pues va, y si no, se regresa”, explica Jesús Alberto, de 16 años, bajo un gorro que parece para el frío aunque Saltillo atraviesa la canícula.

Miguel Jared, de 16 años y estudiante de preparatoria, recuerda que primero salía en bicicleta cerca de su casa, daba unas vueltas y regresaba hasta que fue a La Madriguera Casa del Adolescente, en el Nuevo Centro Metropolitano de Saltillo, y encontró amigos con los que empezó a traspasar los límites de su cuadra y la colonia. “Me relajaba más cuando salía con ellos, me desaburría de mi casa y aprendía cosas nuevas”.

En ese lugar se juntan alrededor de 250 jóvenes para practicar BMX freestyle, un tipo de ciclismo para realizar acrobacias. Es un deporte extremo, y las cicatrices y los moretones en los cuerpos adolescentes lo reflejan. Yael sonríe y muestra un diente flojo, lo presiona y cuenta que esa vez brincó en la bici y se estrelló contra el manubrio.

En la bici me muevo pa todos lados. Lo que más me ha gustado es que he hecho más amigos, tengo muchos amigos riders”, dice Roberto, joven de 14 años que trabaja de soldador. “Con ellos ando pa todos lados en bici”, subraya y señala a sus compañeros.

En la Madriguera también han aprendido a armar bicicletas. A Yael le enseñaron sus amigos y otros integrantes del grupo. La rila negra en la que anda la armó comprando un cuadro tronadillo, luego un compa le regaló un rin diciendo “ten, porque neta yo quiero que le des machín”, y la potencia la cambió por otras piezas, y el rin trasero se lo prestó otro amigo, y ha comprado otros componentes. Además de estudiar, trabaja de pintor de casas, edificios, puentes, a veces va al jale y a la escuela en bicicleta. 

No todos los traslados son aventuras inocentes. “A mí y a varios amigos ya van varias veces que nos quieren asaltar”, dice Yahir, de 14 años y estudiante que acaba de terminar la secundaria. Sin embargo, “me gusta andar en scooter porque me desestreso”. A los otros amigos también les han mentado la madre y echado el carro.

Pero estas ruedas rebeldes susurran un secreto a ras del pavimento: la vagancia es salud. “Salgan en bici, es algo maravilloso, es libre, te desestresas, te libras de tus problemas”, revela Jesús Alberto.

Es lo que me libra de estar mal, vengo con mis amigos, me hacen reír, la bici te libra de todo lo malo, vuelas y te sientes libre”, confiesa Yael y recuerda que este vehículo de dos ruedas lo salvó de sus escarceos con sustancias ilícitas. La amistad y la bicicleta hacen de la ciudad un lugar habitable.

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