‘La Pichunga’, electricista que anda en bici desde que Saltillo era un pueblo

Alberto Gómez Rodríguez, mejor conocido como “La Pichunga”, ha visto cómo la ciudad se ha llenado de bulevares, puentes vehiculares y distribuidores viales, ha sentido con sus piernas pedaleando sobre el asfalto cómo las calles se han extendido en todas las direcciones. Y mientras la ciudad se ha indigestado de autos y tráfico, él sigue avanzando a la misma velocidad, sin prisas, distancias cada vez más largas para trabajar de electricista.

“Siempre me he movido en bicicleta para todo, desde que Saltillo era un pueblito. Ya es una ciudad grande”, dice a los 51 años, casado y con tres hijos.

“La Pichunga”, nadie en el barrio le dice Alberto o Beto, vive en la colonia Pueblo Insurgentes, al poniente de la capital de Coahuila, y de ahí se mueve para el Centro, a zonas del sur y oriente, hasta Ramos Arizpe y Arteaga. Pedalea una bici roja que tiene desde hace 15 años, a la que le adaptó luces, una caja para sus herramientas y un claxon que suena como una alarma de automóvil, conectada a una batería recargable de motocicleta, que funciona con un interruptor en el lado derecho del manubrio.

“Te sirve mucho porque cuando vienen los carros y no te ven, les pitas. Es muy fácil. Nomás una bocina de carro, una batería, hasta una batería de 9V de las cuadraditas, con eso te levanta el sonido, no necesitas una pila de estas, de moto ni nada”.

El oficio de electricista lo aprendió hace 30 años gracias a una hermana que estudió Ingeniería Industrial y Eléctrica en el Tecnológico de Saltillo. Sencillamente le gustó, encontró que la electricidad también lo tranquilizaba, como si esa energía conducida por cables e interruptores fuera el complemento para la actividad física que lo llena de vitalidad cuando anda en bicicleta y juega las retas de futbol.

“La Pichunga” enseñó lo básico de electricidad a sus hijos, ninguno se dedicó al oficio: el mayor es operario, la mujer es licenciada en Trabajo Social y el menor se decantó por la robótica y electrónica. Consciente de que cada persona debe seguir su camino y hacer lo que le gusta, “La Pichunga” les repitió lo mismo que su mamá les inculcó a él y sus diez hermanos cuando eran unos morritos: hay que trabajar, estudiar, ser disciplinado y honrado.

En tres décadas han aparecido nuevas calles y nuevas colonias, el jale para “La Pichunga” no se ha detenido, al igual que las ruedas por las que recorre los límites y entrañas de la ciudad, con un rosario en el cuello porque “una protección del de arriba no está de más”. Cada día que sale en bici a trabajar es una manera de mantener la salud, para no “decaer en la rutina en el carro y te duele aquí y te duele allá, se te enfrían los huesos como luego se dice”.

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